viernes, 31 de enero de 2014

ESTRÉS Y PSICODERMATOLOGÍA

“Vengo porque he empeorado mucho de mi psoriasis y cuanto peor me encuentro, más se agravan mi placas”. Esta paciente acudía después de haber vivido, en menos de un año, un despido laboral, la muerte de un familiar y un accidente de tráfico. A raíz de estos sucesos, su psoriasis había empeorado ostensiblemente. Síntomas como insomnio, ansiedad, falta de energía para hacer las cosas, aislamiento y tristeza son los que conformaban un cuadro de estrés emocional cuya consecuencia, entre otras, era el empeoramiento de su enfermedad de la piel.
El estrés es un factor muy presente en gran parte de los pacientes con enfermedades dermatológicas. En algunos casos puede ser la causa de un nuevo brote (por ejemplo en la psoriasis o la alopecia areata) y en otros puede surgir como consecuencia del padecimiento de algún tipo de alteración cutánea (frecuente en el vitíligo).
La confluencia entre el estrés y las enfermedades dermatológicas está documentada en muchos estudios. Los mecanismos que provocan estas alteraciones a través del estrés aún no están aclarados, pero se sabe que diversos indicadores neurofisiológicos e inmunológicos acaban por alterarse y expresarse a través de la piel.
¿Qué es el estrés?

En realidad el concepto de estrés tiene su origen en la física, disciplina que la define como la fuerza que un cuerpo ejerce sobre otro. En psicología, esta “fuerza” se refiere al impacto psicofisiológico que puede tener cualquier circunstancia, interna o externa, sobre una persona.
El estrés, por tanto, es una respuesta de nuestro organismo natural (algo habitual y necesario en algunos casos), automática (no se puede frenar una vez iniciado) y adaptativa (tiene la función de prepararnos para afrontar una situación de cambio acompañado de ambigüedad e incertidumbre sobre cómo se resolverá).
Padecer estrés no significa que estemos enfermos. De hecho, la respuesta del estrés por sí misma es buena porque nos facilita respuestas eficaces ante situaciones que lo requieren. Por ejemplo, ante un evento catastrófico (un incendio) nos ayuda huir de la situación con más rapidez, o ante un período de mayor volumen de trabajo nos permite hacer sobreesfuerzos.
El problema del estrés es nuestra forma de vivirlo, así como el tiempo en que se mantiene. Sobre el primer problema, los aspectos psicológicos tienen un papel clave; acerca del segundo se tratará en próximas entradas en el blog.
¿Qué papel tienen los procesos psicológicos en el estrés?
Ante una situación estresante, se activan una serie de mecanismos fisiológicos que nos preparan para aguantar la situación. Esta activación dependerá de cómo valoremos el problema: si podemos afrontarlo con éxito (en ese caso se habla de eutrés) o si, por el contrario, nos sentimos desbordados (en este caso hablamos de distrés).
Cuando percibimos una situación estresante hacemos una valoración de la situación y de ella dependerá cómo afrontemos el problema.
  • Valoración primaria: se hace una estimación inmediata y global de la situación: si es positiva o negativa, importante o irrelevante, beneficiosa o perjudicial, etc. No solemos hacerlo de forma consciente y está influida por otras experiencias de nuestro pasado.
  • Valoración secundaria: es posterior a la secundaria y más pausada. En ella se evalúa nuestra capacidad para afrontar con eficacia la situación. De cómo nos veamos ante el evento estresante dependerá si la situación es un reto (“puedo con ello”) o una amenaza (“me desborda”). Esta valoración está relacionada con nuestra autoestima, entre otros aspectos.
Tras haber realizado estas valoraciones, nos decidimos por la forma en que vamos a enfrentarnos a la situación y hay diferentes formas de hacerlo:
  • Afrontamiento centrado en el problema: tratamos de encarar la situación y resolverla satisfactoriamente.
  • Afrontamiento centrado en la emoción: orientamos nuestros esfuerzos en minimizar o controlar el malestar emocional que genere el problema.
  • Mixto: dependiendo del momento en el que nos encontremos al abordar la situación se emplea un tipo u otro.
Una enfermedad dermatológica puede generar estrés en el paciente. Los cuidados que requiere, las limitaciones que conlleva su afección, el impacto visual que tenga para sí mismo o para los demás, pueden causar estrés. Cuando un paciente valora su situación como negativa, de gran importancia, perjudicial y amenazante (valoración primaria) y además se siente desbordado porque no es capaz de hacerle frente (valoración secundaria), presenta un estado de distrés, que cursa con un gran desgaste y malestar.
El trabajo en consulta con un Psicodermatólogo, entre otros aspectos, consistirá en revisar este tipo de valoraciones y ayudar a minimizar el impacto emocional de su situación modificando la forma de vivirla.

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