La mayoría de las enfermedades de la piel adquieren gran protagonismo en la vida de quienes las padecen. Lo expresaba con sencillez un paciente al afirmar que “la psoriasis se ha convertido en la protagonista de mi vida, es algo a lo que le doy vueltas las veinticuatro horas del día”.
Estos trastornos permanecen en lo cotidiano durante tanto tiempo, que se corre el riesgo de terminar identificándose con ellos. Expresiones como “nosotros, los psoriásicos” denotan una profunda identificación con la enfermedad en detrimento de otras áreas de la vida de las personas que aún permanecen intactas. Muchos de los pacientes que acuden a las consultas de un psicodermatólogo lo hacen porque se sienten desbordados, hallándose en una situación muy vulnerable para el desarrollo de un trastorno depresivo.
La cronicidad de estas patologías dermatológicas, acarrea un gran sufrimiento
, no sólo por requerir muchos cuidados y tratamientos específicos, sino también por suponer molestias diarias, sin olvidar la continua sensación de que nuevos brotes están al acecho. La visibilidad de la alteración en la piel hace que se tenga constantemente presente, coadyuvando a ello cualquier espejo que pueda cruzarse en el camino o, simplemente, la incómoda impresión de ser observado por los demás.
, no sólo por requerir muchos cuidados y tratamientos específicos, sino también por suponer molestias diarias, sin olvidar la continua sensación de que nuevos brotes están al acecho. La visibilidad de la alteración en la piel hace que se tenga constantemente presente, coadyuvando a ello cualquier espejo que pueda cruzarse en el camino o, simplemente, la incómoda impresión de ser observado por los demás.
Ambas características, cronicidad y visibilidad, contribuyen al hecho de que se termine por sustituir una identidad sana -previa a la patología- por la de una persona enferma. Esto es especialmente delicado en adolescentes y niños, quienes se encuentran aún en etapas de desarrollo y madurez de su personalidad.
Cuando una persona está inmersa en esta dinámica disfuncional, suele incurrir en algunas de las siguientes actitudes erróneas:
• Sobredimensionan: atribuyen cualquier contrariedad normal y cotidiana a su enfermedad.
• Sobreestiman: otorgan un excesivo poder a la enfermedad, limitando muchas actividades por temor a nuevas recaídas o empeoramiento.
• Sobreactúan: caen en excesivos cuidados, requieren segundas y terceras opiniones médicas sin fundamento o buscan tratamientos milagrosos –no siempre aconsejables desde el punto de vista médico-.
• Sobresalen: en presencia de más personas tienen la sensación de ser siempre el centro de atención por lo llamativo de la alteración en su piel.
Dejarse dominar por estos errores conlleva una limitación personal importante. Se es más propenso a aislarse de los demás, a dejar de realizar actividades imprescindibles para el descanso y la salud psicológica y se termina por dudar de uno mismo, afectando todo ello a la autoestima. El resultado es el empobrecimiento existencial, el cual favorece un excesivo protagonismo de la enfermedad en detrimento de otras áreas sanas.
En la tarea de preservar la salud mental es crucial no dejarse arrastrar por estos extremos. Conviene realizar un trabajo personal, tratando de potenciar todos los ámbitos aún intactos por la enfermedad. El trabajo, a nivel psicológico, se orienta a ayudarles a confrontar de manera más objetiva su tendencia a sobredimensionar y sobrevalorar su patología, con el objetivo de identificarse como un persona con psoriasis y no como psoriásico. Todo ello con el fin de ir poco a poco rescatándoles de su aislamiento y recuperando su afán por volver a disfrutar de lo cotidiano, a pesar de las limitaciones inherentes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario