Hace semanas, las noticias se hacían eco del caso de una chica a la que extrajeron cuatro kilos de pelo del estómago. Según informaban, la chica tenía por costumbre arrancarse el cabello y comérselo.
La reacción de extrañeza por algo tan desconocido y bizarro fue generalizada. Sin embargo, el hábito de arrancarse el pelo es mucho más frecuente de lo que se cree. De hecho se encuentra recogido en las clasificaciones de los trastornos mentales. La tricotilomanía (conocido como Trastorno de arrancarse el pelo) forma parte de los trastornos del espectro obsesivo y está muy relacionado con la dificultad para controlar los impulsos.
Una persona con este diagnóstico pasa largas horas de su día jugueteando y arrancándose el pelo de diferentes partes del cuerpo como la cabeza –la más frecuente-, las cejas, los párpados o la región axilar y púbica, entre otras zonas. En los casos más graves se puede llegar a formar patrones de calvicie casi completa o hacer desaparecer pestañas o cejas.
Quienes padecen este trastorno tienen una gran dificultad para controlar este impulso, pues perciben una sensación de tensión o incomodidad que le lleva casi irremediablemente a arrancarse pelo. Tras lograrlo, sienten alivio y cierto placer y relax, aspecto que facilitará la repetición de esta acción en un futuro hasta convertirse en un hábito nervioso del que apenas se es consciente.
En algunos casos la persona, además de arrancarse el pelo, lo ingiere (acto denominado tricofagia). Esto conlleva complicaciones graves para el organismo como anemia, dolores, vómitos y obstrucción y perforación intestinal, requiriendo estos últimos intervenciones quirúrgicas.
El acto de arrancarse el cabello puede ocurrir de forma no consciente (mientras la persona está distraída viendo la TV, leyendo o incluso durmiendo) o de una forma intencionada y consciente. Acostumbra a aparecer e intensificarse en épocas de mayor estrés y de conflictos emocionales como un recurso que alivia momentáneamente la tensión acumulada.
La edad de inicio es variable. Cuando el comienzo se da en la infancia, los casos suelen ser transitorios y de sencilla remisión con adecuadas pautas. Si el inicio se da en la adolescencia y persiste en la edad adulta, tiende a ser un problema crónico que requerirá tratamiento psicológico más especializado.
Las personas que padecen este problema no suelen pedir ayuda a profesionales de la salud mental. No encuentran lógica a su comportamiento pero no lo pueden remediar. Viven esta circunstancia con gran vergüenza y tienden a ocultar su problema a los demás. Habitualmente acuden a su dermatólogo debido a la perceptible falta de pelo en determinadas zonas. El médico, tras aplicar los pertinentes tratamientos que palien la alopecia autogenerada, debería recomendar abordar el problema desde su origen psíquico con profesionales especializados.
Establecer el diagnóstico de tricotilomanía requiere de la presencia de determinados síntomas que el profesional ha de valorar, ya que no todas las personas que se arrancan pelos padecen este trastorno. Los síntomas nucleares serían:
- La persona se arranca el pelo de forma recurrente.
- Existe una pérdida del cabello perceptible.
- Intentos repetidos y fallidos por controlar el acto de arrancárselo.
- Malestar significativo en la persona en cualquiera de los ámbitos de su vida cotidiana debido a este problema.
El tratamiento psicológico más eficaz es el que combina técnicas para el control del impulso de arrancarse el pelo, junto con la exploración y tratamiento de la causa que desencadenó este hábito. En los casos más resistentes se plantea el uso de psicofármacos para adultos (en especial aquellos que cursan con estado de ánimo depresivo o ansiedad excesiva).
El método más válido para controlar este impulso es denominado inversión del hábito. Consiste en ayudar, en primer lugar, a que la persona sea consciente de cuándo realiza esta acción para, posteriormente, romper la asociación entre la necesidad urgente de arrancarse el cabello y el alivio posterior. Esta asociación se corrige a través de la práctica conductas alternativas e incompatibles con el acto de agarrarse el pelo, con el fin de canalizar estos impulsos a través de otros actos menos perturbadores y más adaptativos que acaben por convertirse en nuevos hábitos protectores. Es también de vital importancia las técnicas para el control del estrés, como la relajación, hábitos de vida saludable o la búsqueda de actividades gratificantes.

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